En más de una ocasión me he visto envuelta en conversaciones en las que amigos o compañeros reconocen abiertamente sentirse en una situación de fracaso profesional por no haber estudiado lo que les hubiera gustado, no haber encontrado un trabajo que les llene lo suficiente o simplemente no encontrarse encaminado profesionalmente como que les gustaría. Sin ir más lejos, yo misma me he sentido así en alguna ocasión. Las razones por las que las personas no nos encontramos satisfechas con nuestra situación profesional (y en cierto modo personal) son muy variadas, pero generalmente están relacionadas con tomar decisiones apresuradas o no suficientemente meditadas.

¿Cuál puede ser el origen de una situación profesional no satisfactoria?

Tener que decidir qué camino tomar a una edad muy temprana.

El sistema educativo nos obliga a tomar una decisión demasiado pronto, cuando realmente no hemos madurado y no todos tenemos claro qué queremos hacer. El adolescente de dieciocho años se deja llevar por la opinión de compañeros, profesores o familiares, sin meditar concienzudamente qué es lo que realmente le apetece o conviene, dejando que las ganas de tiempo libre para divertirse influyan más de lo que deberían. Como todo en la vida, puede que a largo plazo se dé cuenta de que esa decisión fue correcta, pero también puede ocurrir que pasados los años eche la vista atrás y piense “¿Por qué tomé esa decisión?”.

Falta de recursos económicos.

Desgraciadamente, no todas las personas pueden permitirse estudiar (o no pueden permitirse estudiar lo que les gusta). Los estudios universitarios no son baratos y la tendencia de los últimos años no es muy alentadora en España, que es uno de los países de la UE en los que más cuesta estudiar y más se han incrementado las tasas universitarias. La falta de préstamos estatales, incentivos y dificultad para ser beneficiario de una beca complican el acceso a estudios superiores y hace que muchos jóvenes (o no tan jóvenes) descarten continuar su formación.

Tomar decisiones basadas en objetivos a corto plazo.

La impaciencia y ganas de ver el resultado de nuestras inversiones y esfuerzos muchas veces nos lleva a tomar decisiones inadecuadas. Estudiar una carrera, curso o formación larga, en la que hay que esperar años para obtener el título y poder comenzar a trabajar, crea en algunas personas la sensación de “perder el tiempo”. Muchas veces lo que prima es acabar rápido una formación y empezar a trabajar cuanto antes, descartando en este proceso determinadas oportunidades que podrían ser mucho más interesantes o beneficiosas a largo plazo. Poner por encima los objetivos a corto plazo es algo muy común también en algunas organizaciones, en las que se toman decisiones con el fin de obtener un retorno económico rápido, sin cuidar los objetivos a largo, que son los que marcarán la diferencia del éxito y crecimiento de una organización.

Dejarse llevar por lo que opinan los demás.

Hay una línea muy delgada entre dejarse aconsejar y dejarse influenciar por los demás. No hay nada más letal para una persona en la que está comenzando a surgir un interés por algo, que otra persona firme con una opinión completamente negativa sobre lo mismo. La inseguridad puede hacer que cambiemos de idea, pero debemos encontrar el equilibrio entre aceptar un consejo y escucharnos a nosotros mismos.

Infravalorarse o no verse capaz de conseguir algo.

“Yo no valgo para estudiar esto”, “No soy de ciencias, las matemáticas nunca se me han dado bien”, “Esa carrera es muy difícil para mí”, “Aprobar esa oposición es casi imposible”, “Se me da fatal hablar en público”, “La memoria no es lo mío” y un largo etcétera de frases que nos repetimos las personas para justificar que no nos vemos capaces de conseguir algo. Esa falta de confianza en uno mismo, puede venir por dos razones:

  • Pereza o falta de ganas de emplear el esfuerzo necesario para conseguirlo.
  • Infravalorarse o no sentirse lo suficientemente bueno para conseguir algo.

Por suerte, cualquiera de estos dos impedimentos puede contrarrestarse con una buena dosis de fuerza de voluntad y trabajo.

No siempre podemos culparnos de no estar en el escenario profesional ideal. Hay muchos factores externos que pueden afectar a nuestra situación y no siempre tienen que ver con uno mismo, pero en ese caso probablemente se trate de una etapa de dificultad, no de una sensación de insatisfacción con la trayectoria profesional escogida.

¿Cómo reconducir esta situación?

Si te sientes o te has sentido alguna vez insatisfecho con tu trayectoria o situación profesional o si te has visto reflejado en alguno de los puntos anteriores estos son mis consejos:

  • Medita a conciencia todas tus opciones, no tomes decisiones precipitadas. Haz un recorrido mental de todas tus experiencias, se realista con tu situación actual pero no te pongas límites que no existen más que en tu cabeza.
  • Toma decisiones pensando a largo plazo, sin dejarte influenciar por los objetivos a corto plazo. En este punto me permito citar parte del principio 1 del Toyota Way, que precisamente habla de la importancia de la filosofía a largo plazo y que, como en muchos otros casos, podemos extrapolar del mundo empresarial el ámbito personal: “Sea responsable. Luche por decidir su propio destino. Actúe con confianza y fe en sus propias capacidades. Acepte la responsabilidad por su conducta y mantenga y mejore las capacidades que le permitirán producir valor añadido”.
  • Sitúa el esfuerzo y la fuerza de voluntad dentro de tus principios más sólidos. Solo de esta forma conseguirás crecer.
  • Busca siempre la mejora continua (Kaizen). No te conformes, nunca es tarde para seguir aprendiendo y mejorar.
  • Se tú mismo y confía en ti. Escucha a los demás, pero sobre todo escúchate a ti. Absorbe conocimientos y acepta consejos, pero conócete, compréndete y cree en ti.

Nada nos garantiza el éxito profesional y la riqueza, lo que sí está en nuestra mano es hacer lo que queremos, tomar nuestras propias decisiones y hacer todo lo posible para sentir que estamos en nuestro camino, no en el de otro, no en el que te has encontrado por casualidad, por ir dejándote llevar.

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